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El amar y el querer

8ª parte

 

¿Amar o querer? Si el amar lo fuera todo, las cosas serían mucho más sencillas. Uno se hace esta pregunta ante la inseguridad de la relación en la que se está o se trata de estar. Amar no es un deseo de posesión autoritaria y con características de dominación. Amar no es un simple deseo efímero y privado, es decir, fetichizado. El amar no forma parte de la materialización de la vida cotidiana o de los sentimientos expresados en una persona, persona que se transforma en una cosa. Se quiere algo cuando no se tiene, se quiere algo porque es un mero impulso a veces no razonable ni razonado, una necesidad innata de poseer lo que no se tiene. El campo de la naturaleza domina los impulsos humanos en este caso. Tomando a  Enrique Dussel  como referencia en su Tesis de Política, nos encontraríamos ante la fetichización del amor.
Esto significa la corrupción del sentimiento, la usurpación de instituciones humanas corrompidas en el campo del amor. Ahora bien, la acción, el amar, se diferencia de el querer, por ser un acto razonable y cultural.
El amar responde a una lógica de la razón y la naturaleza, pensada desde diferentes ángulos. De la razón porque es reflexiva y discursiva; de la naturaleza porque forma parte de acciones y reacciones químicas incontrolables por el hombre. Es un acto cultural porque intervienen todos aquellos factores del modus vivendi en el que el sujeto se desarrolla. Por ejemplo, para algunas sociedades africanas o asiáticas, la poligamia es parte de su “cultura natural” (CAEN, 2007), así se evitan cientos de divorcios, entre otras cosas. Por el contrario, la monogamia se impuso en Occidente, siendo ésta última un factor cultural determinante en las relaciones interpersonales. Sin embargo existe una característica que identifica a las distintas sociedades, la naturaleza polígama del hombre.
Sin embargo como menciona Adam Kuper en El primate elegido, el hombre de Occidente aprendió a cultivar la monogamia; junto a ello encontramos que la mujer elige y/o selecciona a su pareja en función de características como la seguridad y la conducta, en cambio, el hombre, lo hace en función de deseos más banales como la función reproductiva.
Y es que el hombre tiene una necesidad tan primitiva del sexo – que no de la sexualidad – a veces tan desconcertante que provoca muchas veces la ruptura en las relaciones interpersonales. ¿por qué esa imposibilidad de encontrar en una sola persona todas aquellas necesidades, emocionales y físicas? Si tomamos en cuenta esto, debemos acercarnos más a la idea de la integralidad ya mencionada con anterioridad y la posibilidad de seguir intentando ser y hacer lo imposible, sólo así podremos llegar a la pareja ideal (cosa en sí ya imposible).
Es decir, soy un fiel creyente de que podemos encontrar en una sola pareja última, la verdadera idea de lo que es el amor, como proceso y no como mero acto efímero que algunos condicionan a la libertad individual del liberalismo más conservador.
Cuando se ama – como proceso – se quiere y se puede, el poder querer y el querer poder se complementan para librar los obstáculos de pareja; pero como todo proceso, es inacabado y se construye día a día, no siendo lineal o determinista. Es por ello la importancia del desarrollo individual e integral en la pareja. El querer se inserta en el amar, y no al revés.
Es por ello que son un fiel creyente del amor intemporal…

 

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